Artículo de Opinión

Jueves 21 de Abril 2022

"SCROLLING" ENTRE CADÁVERES Y COREOGRAFÍAS DE TIKTOK

KörperMagazine in collab with @laurablancojuarez

¿Cómo las redes modulan nuestra forma de acercarnos al mundo en la era de la sobrecarga informativa?

Bastaron un par de minutos, tras haberme recibido con una amplia sonrisa, para escucharle decir —al dueño de un bar que suelo frecuentar: «yo, desde la pandemia, decidí no mirar ningún noticiario, no quiero saber nada; ¿pa’ qué?». 

Hemos vivido distintas respuestas emocionales a las últimas crisis: lo que en algunos se manifiesta a través del miedo (sobre todo en aquellos que se sienten más vulnerables), en otros se sintomatiza mediante la desidia. 

Eso sí: estamos exhaustos. Siendo quizás lo que en estos momentos más nos una entre generaciones. Este cansancio compartido es, además, no solamente alimentado por un empacho de malas notícias, sino, especialmente, por la angustia que provoca sabernos impotentes (al menos, de manera individual) en ejercer una alteración significativa sobre aquello que no funciona. 

Pero cuando todo-es-demasiado, lo que en general para los más mayores puede traducirse en el gesto de cambiar de canal, para zoomers y millenials –quienes hace años que ya apagamos el televisor— demanda de una renuncia mucho más extensa. El precio de «no saber nada», se convierte pues, en dejar de participar en nuestra ágora moderna, algo que la mayoría de jóvenes (prosumers y crossumers consolidados) no somos capaces de mantener.

Por una parte, no nos es ajeno el impulso escapista: por eso hemos visto triunfar aquellos productos culturales que no nos hagan pensar demasiado en nuestra realidad más próxima. Pienso especialmente en Los Sims 4 o la fiebre de Animal Crossing™: New Horizons durante la cuarentena. También en cómo la escena y el audiovisual ha decidido ignorar por completo la mascarilla (¡gracias a Dios!). Sin embargo, no nos basta con optar por ficciones que ignoren el contexto actual o haber abandonado el acto de mirar un noticiario entero por los medios tradicionales para evitar empaparnos de los últimos sucesos que se nos cuelan por nuestro timeline. ¿Cuántas veces citamos un hecho que recordamos haber leído pero no somos capaces de caer en cómo nos ha llegado? ¿Cuántas veces habré dicho «sí, el otro día estaba doomscrolling por no sé qué app cuando me enteré que [...]»? Más que navegar, los jóvenes estamos sumergidos en la red: Internet es un líquido que nos envuelve y que nos impregna de violencia y banalidad. El triunfo del algoritmo ha convertido un movimiento vertical de pulgar en un homogeneizador del look cropped de la nueva temporada de Miu Miu, desabastecimiento, spoiler de Bridgerton, la luz alcanza los quinientos euros, make-up tutorial inspirado en Euphoria, Mariúpol calcinado, todo lo que (no) necesitas saber sobre los NFT, titular destacado: «”Es ahora o nunca”: la ONU fija el 2024 como límite para evitar la catástrofe climática». 

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Internet es un líquido que nos envuelve y nos impregna de violencia y banalidad

Y mientras todo ello acontece, nuestras condiciones materiales nos empujan a prever un futuro condenado a la precariedad. En una de las últimas cartas a la directora de El País, se denuncia: «nosotros (los jóvenes adultos) estamos viendo cómo la vida se nos escapa y a nadie parece importarle que estemos obligados a trabajar 13 horas al día por un salario que no sube de los 15.000 euros anuales por más que lo pidamos, que no tengamos posibilidades de emancipación».

Algo que bien recoje Eloy Fernández Porta en Los Brotes Negros, reflexionando entorno a nuestros cuerpos y en «como se les pide que sean disciplinados de día y exaltados de noche: productivos pero también dionisíacos». Continúa, «LinkedIn y Tinder se los disputan». Tal y como apunta Bárbara Arena en un artículo para Vogue, «la dificultad radica en que, además de a seguir en marcha, se nos invita a ser testigos perpetuos de la tragedia. Debemos incluir la tragedia en el caleidoscopio de nuestra normalidad». 

A lo que entonces podríamos preguntarnos, ¿cómo hacemos frente a la frivolidad? Ainhoa Marzol explica para el CCCB, que en época de confinamiento «un Wojak agotado diciendo “yes, honey” se convertía en el buque insignia del cansancio por enfrentarnos una y otra vez a lo mismo». Y es que el poder analgésico de los memes no creo que se sitúe en constituir una forma más de evasión, sino en permitirnos, precisamente, «mirar de frente» –en palabras de Marzol– a una «época traumática» y crear «narrativas sinceras» a través del humor. Es más, un estudio publicado por la revista académica Psychology of Popular Media, –el cual ella misma cita en su texto– concluyó que «aquellos memes que particularmente se relacionan con un contexto altamente estresante, pueden ayudar a respaldar los esfuerzos para afrontar el elemento que causa dicho estrés». Y es que ciertamente habrán cambiado los códigos, pero el humor nos ha acompañado siempre en tiempos de zozobra.

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La revolución tecnológica y su consiguiente aportación a la democratización de la información ha sido, por una parte, indudablemente positiva. Por otra, permitidme cuestionar su beneficio, o directamente, trasladaros la siguiente cuestión llevada a mi pantalla por la usuaria de Twitter @locedoveclarke: «estamos viviendo un evento traumático tras otro, o tan solo somos la primera generación con una comunicación mundial y redes sociales, y el mundo ha sido siempre así de horrorizante?». 

Estamos exhaustos, saturados. Apenas nada parece ya sorprendernos. En clave anterior, una suspira y reivindica: «I [we] just been going through a lot lately, man». Y asimismo, una de las diferencias que me resultan más significativas respecto a generaciones antecedentes es el grado de sentido de autorresponsabilidad frente a nuestra educación respecto a, bueno, todo. Hemos acuñado lo problemático, lo susceptible a ser cancelado. Está claro que los jóvenes basculamos bajo la idea de decadencia y regeneración: somos conscientes de que hay mucho por cambiar (los ejes de opresión son múltiples: misoginia, clasismo, racismo, orientación sexual…) y mucho por proteger (salud mental, clima…). A lo que se le añade: si no salvamos nosotros el mundo, está todo perdido. Los jóvenes somos zózobres (que no náufragos), pero de poco nos puede servir el alcance de Internet, vasto océano de concepción y (des)pliegue de contenido, si no logramos hacerlo encajar con nuestra capacidad de asimilación.

- AUTORA: LAURA BLANCO JUAREZ -

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